La mayoría de nosotros hemos comprado una planta y no hemos pensado en la maceta de plástico en la que venía. Sujeta la tierra, drena el agua, cumple su función y luego permanece en un rincón de la casa o el jardín durante años. No se biodegrada tras cumplir su función, sino que permanece mucho tiempo después. Y si se desecha, causa más problemas. Pero, ¿debería ser así?
La creciente preocupación por la sostenibilidad ha fomentado enfoques innovadores para abordar y gestionar los residuos y materiales desechados. Mi proyecto se centró en el uso excesivo de macetas de plástico en los sectores de la horticultura, la floricultura y la jardinería. Su objetivo era explorar métodos para mitigar los residuos y reintegrar materiales desechados de diversas fuentes. Al final, pretendía desmitificar si las macetas biodegradables pueden ser una panacea para esta amenaza de las macetas de plástico.
El plástico no se descompone, sólo se acumula
Crecí en Bahía (Brasil), me formé como ingeniero mecánico y acabé estudiando diseño industrial en la Universidad de Oporto (Portugal). En algún momento del camino, me convertí en alguien que no podía mirar un material desechado sin preguntarse qué otra cosa podría ser. Ese hábito de mirar dos veces las cosas desechadas es lo que puso en marcha mi proyecto.
Las industrias de la horticultura y la floricultura mueven cada año grandes cantidades de macetas de plástico, muchas de las cuales son ligeras, baratas y funcionales a corto plazo. Pero el plástico no se descompone, ni vuelve a nada. Simplemente se acumula, y en el sector de la jardinería, a pesar de toda su relación con el cultivo de cosas, deja tras de sí un obstinado rastro material.
Para mí, la pregunta que me rondaba la cabeza era: "¿Podría fabricarse una maceta enteramente con residuos orgánicos, funcionar lo suficientemente bien como para favorecer el crecimiento sano de las plantas y luego simplemente deshacerse cuando su trabajo hubiera terminado?".
Preocupación por el uso excesivo de macetas de plástico en horticultura, floricultura y jardinería
Ante la creciente preocupación por la excesiva dependencia de las macetas de plástico en la horticultura, la floricultura y la jardinería, mi proyecto propone una alternativa sostenible alineada con el ODS 12, Consumo y Producción Responsables, centrada en la reducción de residuos, la reutilización de materiales y las estrategias de diseño circular.

El proyecto se desarrolló en la Universidad de Oporto, en colaboración con Flores de Joaquim Santos. Esta empresa de floricultura resultó ser un socio de investigación y una fuente de materia prima. Identificamos tres flujos de residuos procedentes de distintos tipos de lugares de trabajo, cada uno de los cuales genera un tipo de residuo diferente.
De la floricultura, recogemos los recortes, como tallos, hojas y fibras naturales que se amontonan al final de cada jornada laboral. De los restaurantes, recogimos cáscaras de huevo, que la mayoría de la gente considera basura de cocina, pero que estructuralmente son resistentes y porosas. De los talleres de carpintería, recogimos serrín, el polvo fino y seco que se deposita en todas las superficies y que se suele barrer por la puerta.
Ninguno de estos materiales es exótico o caro (y de eso se trataba). Son el tipo de materiales que se generan en grandes cantidades, sin pensarlo mucho. El proyecto pensó que el diseño y un poco de experimentación podrían dar a estos materiales un segundo papel.

Práctico e iterativo
Trabajar con residuos orgánicos no es como hacerlo con materiales estandarizados. Los distintos materiales de desecho se comportan de forma algo diferente. Los recortes de floricultura variaban según la temporada y las flores procesadas. Las cáscaras de huevo había que limpiarlas, secarlas y molerlas. El serrín tenía distintas calidades según la madera que se hubiera cortado. Antes de fabricar cualquier maceta, había que clasificar, catalogar, secar y preparar todo este material.
A continuación, probamos distintas combinaciones de estos residuos y diferentes maneras de darles forma, como el moldeado, la costura industrial y el plegado de biomateriales en formas estratificadas. Cada método dio lugar a un producto con sus propias características, y cada resultado se midió en función de una serie de requisitos fijos. Una maceta debe mantener su forma cuando se llena de tierra húmeda y drenar el agua sin hundirse. Debe permitir el crecimiento de las raíces sin filtrar nada nocivo al suelo circundante. Este último punto constituyó una de nuestras limitaciones más importantes.
Todos los aglutinantes que utilizamos tenían que ser naturales y compatibles con el pH de las plantas. Los adhesivos sintéticos habrían facilitado la producción de las macetas, pero también habrían desvirtuado toda la idea. Si el objetivo es un recipiente que pueda descomponerse en la tierra, lo que lo mantiene unido importa tanto como su composición.
Lo que han conseguido las macetas
Los resultados fueron alentadores, y no lo digo para elogiarlos en exceso, sino porque, sinceramente, no estábamos seguros de que funcionaran tan bien como lo hicieron. Las plantas crecían sanas. La gestión del agua fue eficaz. Los contenedores se mantuvieron unidos durante el periodo de uso y luego empezaron a descomponerse de forma natural con el tiempo, tal y como estaba previsto.

Lo que también quedó claro durante este proceso fue el enorme volumen de residuos orgánicos que se generan en estas tres industrias. Documentar y manipular los materiales recogidos lo hizo más visible de lo que podrían hacerlo las estadísticas por sí solas. Si se observa lo que una floristería desecha en una semana, o lo que un restaurante envía al vertedero desde su cocina, se comprende que la materia prima para muchas cosas útiles ya está ahí fuera, sólo que no se reconoce como tal.
Nuestro proyecto tuvo sus ventajas. Obtuvimos el tercer puesto en el Premio Internacional de Diseño Engage4Bio de MOME Budapest, lo que fue un logro importante, no sólo porque los honores definen el trabajo, sino también porque sugirió que las preguntas que nos hacíamos también se las hacían en otros lugares y otras personas que veían la misma brecha entre lo que se desecha y lo que podría hacerse con ello. También demostró que el debate sobre el diseño circular y los residuos como recurso es cada vez más urgente allí donde más importa.

Eficaz para el crecimiento sano de las plantas y el fomento de la economía circular
Este tipo de trabajo se enmarca en el debate general en torno al Objetivo de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (ODS 12), centrado en el consumo y la producción responsables. El objetivo exige reducir los residuos, mejorar el uso de los materiales y avanzar hacia un diseño circular, en el que el final de la vida de un producto marque el principio de la de otro. Las macetas biodegradables son, en cierto modo, una respuesta realista a este llamamiento.
Sin embargo, se trataba sólo de un proyecto de investigación. Las macetas producidas eran experimentales, y aún queda trabajo por hacer en cuanto a fiabilidad, volumen de producción y adaptación a distintos climas y plantas. En la práctica, las macetas demostraron su eficacia para el crecimiento saludable de las plantas y contribuyeron a promover la economía circular, abriendo perspectivas de mejora de los materiales, los procesos y la escala de producción.
Lo que es evidente, no obstante, es que el concepto se mantiene. Los materiales funcionan, en las macetas crecen plantas y los recipientes se biodegradan y descomponen. Es una base sobre la que merece la pena construir. Puesto que los materiales de desecho ya están ahí, la cuestión es si les prestamos suficiente atención.
Todas las fotos son de Adonis Souza Evangelista, Bruno de Almeida y Lígia Lopes.