En el sector de la floricultura, la sostenibilidad se ha convertido en una de las fuerzas más influyentes en el comercio mundial de flores. Ya se trate de cómo gestionan su producción las explotaciones florícolas, cómo documentan los comerciantes sus cadenas de suministro o cómo toman las floristerías sus decisiones de abastecimiento, la práctica responsable es ahora una expectativa profesional, no una preferencia individual.
Pero las expectativas por sí solas no cambian el comportamiento, sino el conocimiento. En pocas palabras, la educación y la formación son la maquinaria que hace de la sostenibilidad una práctica diaria en toda la cadena de valor, y una idea coherente cuyo papel en el futuro del sector no puede enfatizarse lo suficiente.
Un sector dinámico requiere un enfoque dinámico
Durante gran parte de su historia moderna, la floricultura se sustentó en un conjunto relativamente fijo de habilidades prácticas. Una persona con un buen dominio de los detalles, como los programas de riego, las rutinas de control de plagas y la manipulación posterior a la cosecha, estaba bien equipada para hacer el trabajo.
Y aunque ese conjunto de habilidades sigue siendo relevante, ya no es suficiente. La floricultura contemporánea funciona con sistemas controlados por ordenador y basados en datos, infraestructuras de riego automatizadas, suministro preciso de nutrientes y requisitos de certificación cada vez más complejos que afectan al rendimiento medioambiental, social y económico al mismo tiempo.
Esta evolución impone exigencias a quienes trabajan en el sector. Un jefe de explotación que no sepa leer un informe sobre gestión de nutrientes, un supervisor de almacén que no esté familiarizado con las normas laborales justas o un coordinador de logística que no entienda la ciencia de la cadena de frío son, cada uno de ellos, de distintas maneras, responsabilidades.
En otras palabras, una mano de obra que no pueda desenvolverse plenamente en los marcos de sostenibilidad actuales no es sólo una laguna operativa, sino un riesgo para el cumplimiento de la normativa y el acceso al mercado. El crecimiento del sector de la floricultura ha hecho que la formación continua y bien pensada sea tan esencial para una empresa como una buena tierra o un riego fiable. Además, los consumidores están ejerciendo aún más presión sobre el sector.
Los compradores de Europa, Norteamérica, Asia y otros lugares esperan ahora pruebas documentadas de que las flores que compran han sido cultivadas y manipuladas de forma responsable, y estas pruebas se obtienen mediante certificaciones, auditorías y registros trazables de la cadena de suministro. Todo ello depende de personas formadas para generarlo y mantenerlo. La educación, en este sentido, no es una inversión periférica, sino una base operativa sobre la que se construye la credibilidad del mercado.
Los impulsores de las prácticas sostenibles
Los avances más duraderos en sostenibilidad en la floricultura no proceden de mandatos políticos o compromisos de marketing, sino de trabajadores, directivos y propietarios de empresas que realmente entienden lo que están haciendo y por qué es importante. Aquí es donde la educación (y la formación) desempeñan su papel más importante.
El uso de pesticidas se ha convertido en un tema espinoso. Sin embargo, en las explotaciones agrícolas, la formación en gestión integrada de plagas (GIP ) ha demostrado ser una de las intervenciones más eficaces. Los trabajadores agrícolas, que comprenden los principios en los que se basan los controles naturales y biológicos de las plagas, son más decididos a la hora de aplicarlos y utilizan los insumos químicos de forma más selectiva, lo que reduce los riesgos de exposición para ellos y sus colegas, y protege el medio ambiente circundante.
Aunque, a simple vista, esto pueda parecer un resultado que sólo la inspección puede producir, exige comprensión. Y este conocimiento requiere enseñanza. Los organismos de certificación, como MPS, afiliada a la Iniciativa para la Sostenibilidad de la Floricultura (FSI), y otros apoyan activamente esta adquisición de conocimientos. Prácticamente todos incluyen requisitos de formación en sus marcos para que las explotaciones certificadas no se limiten a cumplir las normas, sino que las comprendan a fondo.
La gestión del agua también es un buen ejemplo. Por su naturaleza, la floricultura consume mucha agua y, en muchas regiones productoras, la escasez de agua es una preocupación creciente. Los programas de formación que enseñan el riego de precisión, el control de la humedad del suelo y el ciclo eficiente del agua en los invernaderos han conseguido grandes reducciones del consumo en las explotaciones que los adoptan.
Pero la adopción sólo se produce cuando los cultivadores entienden la ciencia lo suficientemente bien como para confiar en ella, adaptarla a sus condiciones específicas y solucionar los problemas cuando algo va mal. Un requisito de cumplimiento para reducir el consumo de agua en un porcentaje determinado tiene menos probabilidades de producir resultados duraderos que un programa de formación que explique cómo y por qué la reducción es necesaria y factible.
La gestión de la cadena de frío es igualmente importante y a menudo infravalorada como tema de sostenibilidad. Una manipulación inadecuada de la temperatura entre la cosecha y el punto de venta puede reducir enormemente la vida útil de los floreros, lo que significa que una parte significativa de la energía, el agua, los insumos del suelo y la mano de obra invertidos en el cultivo de esas flores se desperdicia de hecho.
Sustainabloom, de la American Floral Endowment, es uno de los programas que abordan directamente esta carencia. Publican guías muy útiles, como la de gestión práctica de la cadena de frío, como parte de sus esfuerzos por hacer accesible la educación en sostenibilidad a las empresas florales de todo Estados Unidos (e incluso más allá). La idea que subyace en este marco es que enseñar al sector a manipular mejor las flores es también una lección sobre cómo reducir los residuos, conservar los recursos y mejorar la rentabilidad.
Los marcos de certificación se centran en la formación
Algunas de las formaciones más eficaces en materia de sostenibilidad en floricultura se imparten hoy en día a través de los requisitos establecidos en los marcos de certificación, no en los programas presenciales. Si una certificación exige que las explotaciones formen a su personal, documenten sus insumos y demuestren su competencia en la gestión medioambiental y social, la obtención de una credencial de mercado se convierte en un proceso de aprendizaje interminable.
El sistema de certificación del Kenya Flower Council (KFC) es un buen ejemplo de este enfoque en acción. Kenia figura entre los principales exportadores de flor cortada del mundo, y el KFC ha hecho de la educación una condición fundamental de sus normas, no sólo un componente opcional. El marco FOSS del KFC exige que las explotaciones demuestren conocimientos prácticos sobre protección del medio ambiente, bienestar de los trabajadores y buenas prácticas agrícolas.
El nivel de certificación Oro de KFC va más allá y exige explícitamente el empleo de gestores y supervisores formados. Las explotaciones que invierten en cumplir estos requisitos no sólo obtienen un certificado, sino que también adquieren conocimientos institucionales que mejoran el rendimiento de toda la explotación y garantizan el acceso a mercados de primera calidad que cada vez especifican más productos con certificación sostenible.
Florverde Sustainable Flowers (FSF), de América Latina, adopta un enfoque similar. Sus años de funcionamiento son una de las pruebas más contundentes de lo que la certificación educativa podría conseguir con el tiempo. La FSF exige a las explotaciones certificadas que mantengan la materia orgánica del suelo por encima de unos umbrales definidos, gestionen la escorrentía de nutrientes y apliquen programas de gestión integrada de plagas.
Sin embargo, el cumplimiento de estos requisitos exige una formación continua del personal en agronomía, gestión medioambiental y seguridad de los trabajadores. Sus impresionantes resultados validan los años de conocimientos adquiridos en las explotaciones, y no sólo las intervenciones políticas. Florverde sigue ampliando su modelo (más allá de Colombia y Ecuador) a otros países, como Guatemala y Costa Rica, extendiendo el mismo enfoque educativo a nuevas regiones productoras.
La Cesta de Normas de la FSI, que compara estos programas con criterios medioambientales y sociales, ha fijado como ambición de toda la industria la producción sostenible de flores, y para alcanzar ese objetivo es necesario que cada eslabón de la cadena de suministro cuente con personal que conozca las prácticas sostenibles, a través de sus funciones específicas. Por tanto, es comprensible por qué la educación es lo que cierra esa brecha entre la ambición y la veracidad operativa diaria.
Aspecto social de la formación para las propias personas, no sólo para la producción
La floricultura sostenible no es sólo un relato sobre el suelo y el agua, sino también sobre las personas que cultivan y manipulan las flores. Su bienestar es una parte importante de la sostenibilidad en esta industria, lo que explica por qué requiere un enfoque educativo único.
Los trabajadores de las explotaciones florícolas se enfrentan a menudo a problemas de salud laboral, sobre todo por la manipulación de productos químicos y las exigencias físicas del trabajo repetitivo de la cosecha. Los programas de formación que cubren la aplicación segura de pesticidas, los equipos de protección, la respuesta de emergencia y los derechos de los trabajadores no son marginales para la sostenibilidad, sino que sostienen su esencia.
En Ecuador, por ejemplo, las explotaciones de flores certificadas han documentado reducciones significativas en el uso de pesticidas junto con mejoras en los resultados de salud de los trabajadores, un resultado que se deriva de la inversión sostenida en la educación de los trabajadores, y no sólo de la presión por el cumplimiento. Para los encargados, las necesidades de formación también implican el cumplimiento de prácticas laborales justas, igualdad de género en el lugar de trabajo, mecanismos de resolución de quejas y conducta empresarial ética.
El marco de certificación del KFC, por ejemplo, abarca todos estos ámbitos y exige a las explotaciones que demuestren que sus equipos tienen los conocimientos necesarios para mantenerlos de forma fiable. Crear esta capacidad es un proyecto a largo plazo, no una casilla que se marca una vez, y requiere un desarrollo profesional continuo, recursos de formación accesibles y culturas organizativas que traten el aprendizaje como una prioridad permanente.
La educación construye lo que las normas no hacen
Hay una distinción importante entre lo que consigue la regulación y lo que consigue la educación, pero la dirección de la sostenibilidad de la industria floral depende de que se entiendan claramente ambas cosas. Una normativa fija un nivel mínimo por debajo del cual una empresa tendrá que hacer frente a las consecuencias. Es una herramienta crucial para que la industria rinda cuentas. Pero un suelo no es un destino.
Un cultivador formado para comprender los principios de la biología del suelo toma mejores decisiones en todas las estaciones, no sólo durante los periodos de auditoría. Un florista que ha estudiado el abastecimiento sostenible, la estacionalidad y el movimiento slow-flower toma decisiones de compra diferentes que otro que sólo ha firmado un documento de política. La educación, en esencia, produce un conocimiento interiorizado que da forma al juicio profesional, que es lo que impulsa el rendimiento por encima del suelo, no sólo a lo largo de él.
El sector de la floricultura ya cuenta con los marcos adecuados, la infraestructura de certificación y los modelos de programas de trabajo para hacer de la educación una expectativa estándar. Lo que convierte esa perspectiva en realidad en todo el sector es la voluntad de invertir a todos los niveles, ya sea en la explotación agrícola, en el espacio comercial o incluso en las decisiones de desarrollo profesional tomadas por las empresas individuales.
Imagen destacada y de cabecera de Drazen Zigic.